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The Dreamers – Bernardo Bertolucci y Gilbert Adair [2003]

11/09/2010 1 comentario

“Un cineasta es como un mirón, un voyeur. Es como si la cámara fuera la cerradura del cuarto de tus padres. Los espías y te da asco, te sientes culpable, pero no puedes dejar de mirar. Convierte las películas en crímenes y los directores en criminales. Como si debiera ser ilegal.”

En este sentido The Dreamers parece estar formulado como una disculpa, pero ya es demasiado tarde pues el mundo de Théo e Isabelle es demasiado atractivo para salir de él, estamos completamente deslumbrados, no podemos mirar desde fuera. Aunque Matthew pretenda corregir lo abyecto de ese sueño no puede evitar enamorarse de él.

El famoso pasaje de La vida es sueño, las Meditaciones de Descartes o las paranoyas pseudocientíficas del cine actual (Matrix, Orígen,etc.) no consiguen más que rascar la superficie. No se trata de que exista un mundo construido a nuestro alrededor, a modo de cuatro biombos por paredes y un techo de plástico. La ilusión de todas esas construcciones es que no se necesita más que un instante de lucidez para destruirlo, como si fuera tan débil.
El universo que se percibe en ese pequeño piso de centro de París no se cae tan fácilmente, es el resultado de años de tejido e imbrincación de imágenes hasta que todo llega a la harmonía que Matthew encuentra en un mechero, hasta que todo se vuelve traducible. Lo pueril del hecho no debe despistarnos de lo que se esconde detrás, de lo que la película va presentando a medida que profundiza en los dos hermanos. No se trata de un simple juego, sino de la base de su percepción. Todo lo observado es filmado y proyectado, es recibido a través de la pantalla. Todos los sonidos son reproducidos. Todas las caricias son referencias, los gestos son imitaciones. Hasta la muerte es un homenaje.

El “sueño” de los dos hermanos tiene la misma estructura distributiva que la “realidad” de Matthew: una parte de amistad y diversión, amor incondicional y condicionado, una idea de cómo debería ser el mundo y una idea de cómo es en realidad. Aquí es donde yo interpreto la disculpa del cineasta, que sabe que su oficio se ha convertido en un eje rector del mundo moderno con las consecuencias más estrambóticas. De esta manera se nos presenta una versión de los conflictos del Mayo del 68 en París, desde detrás de la ventana, a la luz de una lámpara con la forma de Mao. Pero también desde el suelo, en la comodidad del apaleamiento policial.

La dramatización de la realidad es un camino sin vuelta atrás, la ya mercantilizada cultura popular se expande por doquier y conquista los sentidos de cada uno de nosotros, convirtiendonos en personajes secundarios, transformando las cosas en objetos y las conversaciones en slogans.
Conciente de todo esto, Bertolucci se esfuerza, en cada plano, por hacernos conocer a los personajes, a los actores, a la casa, con la cortesía de quien mira el título del libro antes de apoyarse sobre él, a sabiendas de que aunque no se pueda salir hay que intentarlo.

The Dreamers – IMDB

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Bande à part – Jean Luc Godard [1964]

27/05/2010 1 comentario

El buen cine no es entretenido, aceptemoslo. Normalmente esperamos que el gran cine atrape visualmente, nos ofrezca una atracción inimaginada, porque casi involuntariamente lo identificamos con una especie de hipnosis temporal en que se suspende el mundo y nuestra imaginación vuela, aunque probablemente sólo planea.
Sin embargo, el cine nació como espectáculo de entretenimiento.  Su lugar propio era el circo ambulante, junto a otros espectáculos visuales que sirvieron de precedentes. Con el desarrollo de la industria se tipificaron tramas y estilos y nació el concepto de género y los innumerables clichés que hoy en día detestamos.
Justamente por eso, el cine considerado culto o de autor puede no ser entretenido y eso no es precisamente algo malo. Sencillamente es tomar conciencia de todas las otras potencialidades que ofrece el medio más allá de mantener al espectador pegado sin más.

Sin embargo, ayer encontré el ejemplo perfecto de mediación: Bande à part. Considerada una película menor de Godard, porque no se lanza a la experimentación como en sus filmes más conocidos. Sin embargo, la película goza de una frescura envidiable aunque tenga más de cuarenta y cinco años.
Personalmente creo que el objetivo de Godard era reventar los géneros desde la espontaneidad. Las estructuras que se repiten ante nosotros acabamos interiorizandolas y casi considerandolas evidentes. La película juega con eso, es predecible e impredecible a la vez.  En cuanto se lanza un género a la palestra ya conoces las reglas de juego, pero es destruido de una manera muy natural, pasando al siguiente sin posibilidad de duelo. De esta manera evoluciona de manera muy suave hasta un “happy ending” que no echa a perder nada, sino que mantiene la ironía espontanea, esa actitud que a veces parecen tener los niños cuando los miras y sabes que te están mareando adrede pero sin malicia.
Justamente por eso, el entretenimiento fluye en un proyecto nada presuntuoso y del que no quería hacer una crítica presuntuosa, aunque quizá no lo haya conseguido.

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