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Winter’s Bone – Debra Granik [2010]

Hace unas semanas, a raíz de Animal Kingdom, escribí al vuelo unas líneas sobre la impostura de la ley y la relación con la naturaleza. Releyéndolas me doy cuenta de lo oscuro que puedo ser alguns veces. Así que, ya que Winter’s Bone me remitió a la película australiana, voy a aprovechar para intentar aclarar lo que quería decir.

A menudo contraponemos la ley humana a la naturaleza. Pensamos que la supervivencia, el instinto que rige el reino animal, se acerca en cierto modo a la normatividad, pero que no llega a serlo. Esa distancia entre el hombre y el animal se convierte en un abismo cuando prestamos atención a algunas expresiones de humanidad. Sí, somos hijos genéticos del chimpancé pero no concebimos la burocracia como una derivación de la organización social de los simios. A primera vista hay un salto cualitativo.

Irónicamente, la definición de los dos términos es nuestra. Tanto naturaleza como cultura son sólo palabras dentro de un contexto simbólico determinado. No tienen sentido fuera. Ese abismo, pues,  no es más que el resultado de la impostura de la palabra, que categoriza la realidad de una forma u otra. Pero el origen de esa separación se olvida y, cuando es recordado, nos golpea con la fuerza del absurdo, de lo incomprensible. En Animal Kingdom la respuesta superficial, y excesivamente dramática, es asimilar la vida humana a la lógica de la supervivencia animal. Pero, ¿acaso tiene sentido esta separación?

Winter’s Bone expone una situación similar. Cuando la legislación común, la que hemos interiorizado, se suspende, en su lugar se impone otra definición de términos que conocimos en su día pero que hemos olvidado: la del clan, la de la familia. Se trata de un código basado en el silencio y en el miedo. El patriarca domina en la sombra, sin amor ni conmiseración.


La película explora la jerarquía desde el punto de vista del deshechado, en este caso Ree, una chica de 17 años que tiene que cuidar de sus dos hermanos pequeños y también de su madre enferma. Necesita encontrar a su padre, un exconvicto, para que la policía no le quite la casa. Pero si algo se deduce de esa normalización que supone ese código, es que el individuo no tiene lugar. Sólo existe como parte de un todo y como tal es prescindible. Ree lucha para hacer valer su vida delante de la gran familia, pero para ello debe demostrar que existe una brecha por donde puede entrar lo extraño, lo exterior. Aun así, al final, el todo consigue cicatrizar y seguir su curso.

Sin duda es una película interesante para ser una de las competidoras de El discurso del Rey en los Oscar, con un aspecto bastante más independiente que el resto. Aunque la estructura esté algo trillada, trabaja los personajes con la calma necesaria para explicar bien la historia.

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